Viajando con Cristina

La sal de indio

Regresamos a la aldea, donde el día a día continua. Ya llevaba una semana en la selva y parecía que llevará toda una vida, era todo tan intenso. Cada vez conocía mejor a todos los aldeanos.

Una tarde paseando conocí a una mujer que fabricaba la conocida ´sal de indio´. Como podían llegar a extraer sal tan lejos del mar. Así que pregunté si podía acompañarla para aprender todo el proceso, y ella muy abierta aceptó mi propuesta. Al día siguiente debería estar en su casa bien temprano por la mañana.

Antes del amanecer

Y así hice, como cada mañana me levantaba antes de salir el sol, eran los momentos más mágicos del día, a pesar de tener fotografías del amanecer, no hay nada más hermoso que lo que registraron mis ojos. Son aquellas fotografías que quedan gravadas en la retina. Son aquellos momentos que no se pagan, no se compran, no se venden ni se roban. Son tuyos, para siempre. Lo viviste, te lo quedaste. Eso es lo bonito de la vida, todas aquellas cosas que no son materiales, pero que si son valiosas.

Amanecer en el río

Después de iluminarme con el primer rayo de sol, y darme el primer baño del día en el rio, me dirigí hacia la casa de la mujer. Aquel día olvidé llevar mi cámara, y aunque al principio me arrepentí porque había unas imágenes increíbles, por lo mismo que comento antes, quedó todo gravado en mi mente, y estoy bien segura que nunca se volarán de mi mente.

Ocas casas tradicionales xingú

Llegué a la casa, me encontré con la mujer y nos dispusimos a salir, también nos acompañaban otras mujeres, y como no, siempre alguna niña pequeña para que ya desde la niñez aprenda el proceso que años más tarde debería de seguir para continuar con la tradición. Caminamos hacia el río, allá montamos en una barca, la mujer más mayor empujaba la barca con un bastón largo, en aquella zona la profundidad del rió no era muy grande, ni si quiera íbamos por el río principal, era como unos afluentes donde se creaban como una especie de lagunas. En esas lagunas se encuentran la planta de donde se extrae la sal. Es como unas algas flotantes. Unos días antes ella ya habían venido a recolectar las algas con algunos hombres ya que en esa zona hay bastante anaconda y es peligroso. Cuando llegamos había una extensión enorme de algas secas por el suelo. Una vez las algas ya están bien secas, debíamos agruparlas en montañas para luego quemarlas, Hicimos como unas 7 montañas de algas, una vez acabamos no podía creer que las montañas eran tan altas como mi altura, enormes. Ahora si se podía quemar. Una de las mujeres más jóvenes, cogió un fósforo, prendió unas hojas secas y empezó a quemar todas las montañas de algas.

Aquellas algas sacaban una cantidad de humo increíble, todo el ambiente se quedó de color gris, con un humo espeso que llegaba bien arriba, entre la borrosidad del humo se apreciaban las siluetas de las montañas con las llamas y las mujeres. Esa imagen quedó bien grabada en la cabeza.  Solo siento no poder compartirla con ustedes. Como sería bueno poder rebelar fotografías de la mente, pero también es bello poder describirlo con detalles para que cada uno navegue por su propia imaginación.

La quema duró casi una hora hasta que toda aquella enorme montaña de consumiera. Así que decidí ir a pegarme un bañito ya que el humo era insoportable. Me advirtieron que me bañara por el lado derecho, por el izquierdo había muchas anacondas. Bueno, cuando llegué al lugar me pareció no estar tan lejos del lugar peligroso, y pensé, ¿será que las anacondas no nadan 30 metros? ¿Como estarán tan seguras que allá no llegan? Lo más gracioso que al llegar me encontré con las niñas nadando felizmente, sin miedo a nada. Habían chapoteado tanto que el agua se había vuelto muy turbia… Finalmente acabé bañándome pero no conseguí sumergirme en aquellas aguas con aquella felicidad y tranquilidad de saber que nada malo iba a pasar.

Laguna río Xingú

Después del baño, fuimos a recoger las cenizas remanecientes, Era increíble lo trabajoso que es el proceso de la sal y todavía no había visto ni la mitad. De aquellas montañas quedaron unas mini montañitas de cenizas. Las recogimos, subimos a la barca, y de regresamos para la casa.

Al llegar, allá tenían una especie de colador grande construido en el patio de la casa. Colocaron toda la ceniza allá y le adicionaron agua. Debajo del colador colocaron un recipiente. El agua se iría filtrando absorbiendo las propiedades de esa cecina, cayendo gota a gota en aquel recipiente. Y sería esa agua impregnada la que usarían luego para fabricar la sal. Luego la hervirían, y más tarde todavía faltaba la última parte del proceso para secar ese agua y que salga la sal. Increíble la sal de indio como sala. Y no sube la tensión. Toda natural y tan especial. El color no era tan blanco, aunque se acercaba al blanco, y al colocarlo en la lengua se siente un frescor, y el toque salado. Ellos a veces lo mezclan con el ají y lo usan sobretodo para comer el pescado y darle el toque salado-picante.

Me llevé un poquito de sal que todavía guardo como si fuera oro, usándola solo en casos especiales. Es todo un honor poder cargar en mi mochila un poco de todo el mundo. Y sobretodo poder tener productos naturales, de producción local, apoyando a los pequeños emprendedores y no a las multinacionales y grandes empresas. Es algo bien importante el consumo responsable de todos, es uno de los puntos claves de poder mejorar algo en este hermoso mundo.

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