Viajando con Cristina

Izando velas

Rumbo a Cabo Verde
Sin creerlo ya estaba subida en un barco, con el timón en mis manos. No se de donde el capitán vio la suficiente confianza en mi para hacerme sacar el velero de puerto, pero así hice. Al salir de puerto entraba otro barco, aunque había espacio de sobras para pasar, me sentía conduciendo algo tan grande que casi me choco contra las rocas del espigón… Pensé que Marc me echaría del barco antes de haber recorrido ni una sola milla. Pero no! Todo salió viento en popa. Salimos del puerto, izamos las velas y empezamos a navegar rumbo a Cabo Verde.

Tras las primeras olas, Lucas, mi compañero barcostopero, ya empezó a sentir lo que le llaman, ‘Mal de mar’. Empezó a vomitar y pasó 3 días encerrado en la habitación sin salir ni comer. Solo vomitando y alimentándose de bebidas energéticas. Como el barco nunca para de moverse la recuperación del estado normal del cuerpo es muy difícil, pero era algo que Lucas ya contaba antes de subir ya que era la primera vez que estaba en el mar.

Nuestro pequeño velero no tenia radar, así que teníamos que estar las 24h del día controlando en la cubierta para ver si habían otros barcos con los que colisionar. Los primeros días fueron los días más duros de todo el viaje ya que teníamos que vigilar el barco tan solo entre el capitán y yo. Me pasaba 8 horas seguidas en la cubierta…despierta en la noche, el frió, la humedad, las olas, y el desconcierto de un mar oscuro. Los minutos pasaban lentos, mi única distracción eran las estrellas y mi propio ser. Era una meditación obligada, saber controlar mi propio cuerpo para no sentir el frío. Después de las 8h toda mi ropa estaba completamente mojada de la humedad.

Cuando el capitán me reemplazaba podía por fin dormir. Bueno, “dormir”, el barco se movía mucho, era muy difícil conciliar el sueño, a veces mi cuerpo se deslizaba por la cama de punta a punta por el movimiento de las olas… Cuando conseguía dormir mis sueños eran increíblemente extraños. Pero Marc, el capitán, decía que era normal, eran sueños de alto mar.

Los días pasaban y no podíamos seguir con la tripulación enferma, así que el capitán decidió darle a Lucas una solución para el mal de mar. Saltar al helado océano, la mejor cura! Las olas eran grandes, el mar frío, pero como un patito siguiendo a su mama, saltó al oscuro mar. A los 10 segundos ya estaba subido al barco de nuevo.

Después de ese baño, el agua helada, el miedo a tener que volver a saltar de nuevo al mar, hizo que activara todas las células de su cuerpo dando ordenes a su mente para recuperarse. Empezó a mejorar y poder colaborar en las tareas del barco. Aunque nunca consiguió ponerse en posición vertical a causa del mareo, se movía de la cama a la cubierta y se estiraba, para aliviar el malestar.

Así que ya eramos tres activos en el barco! Ya podíamos hacer turnos de 4h, aunque también era duro, se hacia mucho más liviano. Y depende la hora del día que te tocara era muy agradecido, las salidas del sol eran algo mágico. Aunque las noches también eran emocionantes, recuerdo un día que me tocaba guardia nocturna, el capitán me había advertido que tuviera cuidado que era una zona de piratas. Yo estaba bien de ojo en esa noche, estábamos pasando en frente de la costa de marruecos, por la radio escuchaba barcos hablar en árabe, y aunque aprendí algo de árabe hacia unos años, no conseguí entender nada. Mi cuerpo empezó entrar en paranoia, a veces escuchaba sonidos como si alguien subiera al barco por la proa… Dentro de mi, pensaba: ya están aquí! Pero, al final era todo producto de mi imaginación, quizás si el capitán no me hubiera dicho nada, hubiera hecho la guardia como cualquier otra noche, cantando, mirando estrellas, meditando, observando el placton brillar en el agua… sin más. El miedo puede jugar malas pasadas. Pero al final fue una noche maravillosa, probablemente eran simples pescadores en busca de su pan de cada dia.
Los amaneceres desde el mar
Al amanecer costeamos todo el desierto de marruecos, estaba lejos pero conseguíamos verlo. Y la verdad, ver tierra, aunque solo sea arena y más arena, siempre te da una tranquilidad cuando estas navegando en el mar.

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Después de una semana navegando llegamos a Cabo Verde. El viento era muy fuerte, recuerdo cuando el capitán pasaba las velas de un lado para el otro me sentía como en una película, era muy emocionante, y el paisaje era muy bonito, entre islas rocosas…

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Y llegamos a Mindelo, Cabo Verde, con la suerte de llegar en plenos carnavales! Solo estaríamos 3 días para reponer fuerzas, abastecernos de comida para la travesía del atlántico y seguir con nuestra ruta. Pero lo suficiente para conocer un poco la isla y disfrutar de los carnavales.

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2 pensamientos sobre “Izando velas

  1. reloj pulsera hombre moderno

    Mi marido hasta hace poco tuvo el Casio con mando a distancia y reconozco que nos lo hemos pasado
    excelente con el. Desde estar en un bar con la tele excesivamente alta y bajar el volumen para poder
    hablar con los amigos; hasta mosquear a la gente cambiando
    de canal de television a ocultas.

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