Viajando con Cristina

Cruzando el Atlántico

Abastecidos de agua y comida, y con las pilas cargadas de tocar un poco tierra, salimos de Cabo Verde Rumbo a Brasil. Convencidos de travesar el atlántico llevados por el viento.

Al salir no sabíamos cuantos días nos llevaría llegar hasta el otro lado del charco, cuanto tiempo tardaríamos en volver a ver tierra, era todo un misterio que descubriríamos día a día.

Sincronizamos todos los relojes a la misma hora, para llevar el patrón durante todo el viaje, a pesar que navegáramos persiguiendo al sol y cada día la franja horaria era diferente.

Los primeros días fueron eternos… el tiempo pasaba lento, no había muchas distracciones en el mar. Fueron unos días nublados, no conseguí ver ni la salida ni la puesta del sol, ni pude ver las estrellas de noche, Y, que mas me quedaba? La única distracción eran miles de millones gotas de agua salada unidas convertidas en un gran océano, algunos peces voladores conseguían distraerme por algunas horas, una cordillera de algas me dejaba tiempo meditando sobre su procedencia y su destino y por lo menos distraía mi mente por más algunas horas.

Un día, una de esas algas eternas se quedo enredada en la hélice. Yo toda valiente le dije al capitán que yo podía saltar al mar a arreglarlo. Pero, ¿que cosa he dicho? ¿Yo arreglar eso? Bueno, me puse el bañador, y con todo el valor del mundo salté en medio del océano atlántico a ese mar oscuro. Da mucho respeto saltar porque no se ve que hay dentro, no sabes si al sumergirte y observar con las gafas te aparecerá un tiburón o un gran pez en frente de ti… Pero salté, observé a mi alrededor, y no había nada más que yo, y mucha agua, y sobretodo, muchas olas gigantescas. La hélice estaba en medio del barco, y aunque el barco era pequeñito significaba nadar bajo el agua algunos metros para llegar hasta a la hélice y volver a salir vigilando con mucho cuidado no golpearme la cabeza con el barco que se tambaleaba de arriba abajo con mucha fuerza. El capitán me advirtió: un solo golpe y muerte instantánea! Serían toneladas en mi cabeza golpeando con fuerza. Hice tres respiraciones profundas y me puse a nadar en apnea hacia la hélice. Faltándome todavía algunos metros para alcanzarla vi que no había ninguna alga en ella, así que regrese. Salí con suficiente distancia para no ser golpeada. Le dije al capitán que no llegué hasta la hélice pero que de lejos se veía todo en orden, pero quizá su orgullo de hombre le hizo desconfiar de mi, así que como un héroe se zambulló de un solo salto directo hacia el fondo del barco y confirmó con sus propios ojos que tenia razón. Bueno, podía ser normal que no creyera en mi en ese momento porque tenia una cara de pato mareado entre esas grande olas…

Subimos de nuevo al barco y continuamos… Pasamos por todo tipo de cosas durante la travesía, depende de donde viniera el viento el barco se ponía muy inclinado, incluso me costaba llegar hasta el baño, era como escalar dentro del barco, cuando conseguía sentarme en la taza, el barco estaba tan en diagonal que me mojaba a mi misma…

Para cocinar era toda una historia, por suerte teníamos una cocina con eje que seguía el movimiento del barco permaneciendo siempre en posición horizontal, pero aun así cocinar era una tarea muy complicada.

Pasamos algunas tormentas, lluvias, viento, pero después de un tiempo, siempre llegaba la calma de nuevo…

Algún día un grupo de delfines saltaban al lado del barco siguiéndonos durante un tiempo con mucha alegría. Eran de los mejores regalos del día.

Cada día me acostumbraba más a estar en alto mar… pasaba los días con mucha alegría, ya no eran monótonos, sabia ver en cada día algo nuevo, aprendiendo de navegación, aprendiendo de mi misma, de los silencios, aprendiendo del cielo y del mar…

Las guardias nocturnas eran bien divertidas, nunca había ni un solo barco, ni una sola luz. Saber que no hay nadie cerca tuyo a tantos kilómetros a la redonda es una sensación bien especial. A medida que avanzábamos cada vez hacia más calor. Para las guardias nocturnas era muy agradable no pasar frio, pero para dormir, para estar dentro del barco… era un calor insoportable. Algunos días el calor y el movimiento del barco te creaba un nudo en el estómago, no conseguía bien… Una sensación muy extraña. Muchas veces me hacia tés de jengibre, el jengibre va muy bien para los mareos tanto para embarazadas, como para el mal de mar, para cualquier tipo de mareo. Nunca usé biodraminas, intento evitar al máximo el uso de medicinas químicas que te ayudan por un lado y te perjudican por el lado… El jengibre era mágico y natural.

Un día amaneció y el capitán distinguió un pájaro de los que solo se ven cuando estas cerca de tierra. No recuerdo el nombre del pájaro, pero nunca olvidaré la alegría que tuvimos al saber que ya teníamos tierra cerca, tierra!

Pájaro, tierra!

Ya estábamos a dos días de llegar a tierras brasileñas, esa noche me tocaba a mi la guardia justo cuando pasaríamos cerca de las islas Fernando de Noronha. El capitán puso las velas correctamente y el rumbo de forma que pasaríamos como a 5millas de la isla, sin peligro alguno, solo me advirtió que estuviera de ojo porque habría pescadores locales por la zona, que tuviera cuidado que no hubieran barcos, estábamos tan acostumbrados a no cruzarnos con nadie que ver un barco iba a ser una gran novedad. El capitán se fue a dormir y yo me quedé a cargo de todo. El viento empezó a cambiar, en consecuencia el rumbo vario, dirigiéndonos directos a la isla. Entre la silueta de la luna conseguí ver la isla de lejos y alguna luz, se veía hermoso. Cuando me dí cuenta vi pasar muy cerca del barco unas rocas enormes como si se tratara de la película de titanic y los icebergs. Rápido bajé al camarote del capitán y lo intenté despertar… el no reaccionaba así que le empecé a dar bofetadas gritando, vamos a chocar!!!!!!! Vamos a chocar!!!!! De un salto, se levantó y fue directo a ver la carta náutica, donde efectivamente había una roca enorme en frente del barco que a causa de la oscuridad yo no conseguía ver. Subió a cubierta y dio un volantazo, o mejor dicho, un timonazo y por pocos metros nos salvamos de un naufragio. En realidad prometí no contar esta historia, porque realmente estuvimos muy cerca de colisionar, aunque todo fue mi error por no avisar al capitán al cambiar el viento y el rumbo. Estaba tan acostumbrada a andar en medio de la autopista más grande del mundo donde no había nada con que chocar que no pensé en las consecuencias que podían traer la naturaleza. No importaba la tecnología y el configurar el rumbo… si el viento cambiaba todo cambiaba y esa era la hermosa magia de sentir que los humanos no somos más grandes y fuertes ni inteligentes que la naturaleza, debemos escucharla y caminar con ella respetándola y entendiéndola.

Navegando por tierras brasileñas

Al día siguiente llegaríamos a Brasil. Por fin después de 2 semanas en alto mar, sin ver tierra, sin comunicarnos con más personas, sin ducharnos más que una vez por semana para guardar agua… Llegamos al norte de Brasil y navegamos por el rio Paraíba durante una hora hasta un pequeño puerto francés en la llamada Praia do Jacaré, donde estaríamos unos días en puerto tratando los documentos del barco.

Costeando Brasil

Después de 10 días esperando los papeles del barco, izamos velas de nuevo para continuar navegando por toda la costa de Brasil hasta Rio de Janeiro. Esta vez el viaje sería bien más tranquilo.

 

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