Viajando con Cristina

Adentrándome en la selva

Después de llevarme el contacto de mi amigo indígena de la etnia de los Yawalapitis, no lo volví a ver más. Lo busqué al día siguiente sin éxito así que decidí avanzar hacia la selva por mi cuenta, y ya me lo encontraría por el camino para ir juntos.

Decidí hacer autostop, además de económico siempre te llevas historias que contar. No tardé mucho tiempo en conseguir un coche que me llevaría hasta Brasilia, la capital del país. Era un chico jóven, bien simpático, y no solo me recogió a mi sino que también recogió a dos chicas más que encontramos más para frente.

El viaje fue tranquilo hasta que llegamos a Brasilia… La ciudad, como todas las ciudades del mundo, me parecía un caos viniendo de la naturaleza, todo era grande y desconocido para mi. Antes de conseguir adentrarnos en el centro de la ciudad, algo pasó con el carro… Un sonido feo no nos dejaba avanzar más. Las otras dos chicas se fueron, no querían perder el autobús, y yo como no tenia prisa, no sabia ni a donde iba, ni donde me quedaría a dormir, así que decidí hacer compañía a mi nuevo amigo. El estaba algo nervioso por su carro y se fumó por lo menos 4 cigarrillos… Para colmo no tenia batería en el teléfono, ni saldo. Aveces es una suerte recoger a gente cuando hacen autostop, nunca sabes lo bueno que te van a traer, y en este caso gracias a mi pudo usar mi teléfono y llamar a su padre para venirle a socorrer. No me separé de el ni un solo segundo, intentando ayudarlo en todo… Cuando por fin conseguimos arreglar el carro e ir lo a dejar en un lugar seguro, la noche ya se había apoderado del día. Era tarde y yo todavía no sabia donde dormiría. Le pregunté a mi nuevo amigo si podía recomendarme algún lugar bien económico para dormir, pero lamentablemente no sabia ningún lugar. Intenté llamar a un amigo que vivía en Brasilia pero tenia el teléfono apagado, así que no tenia techo para dormir. Con toda la pena del chico por dejarme de noche en medio de la ciudad sin saber donde ir me invito muy cordial y amablemente a su casa, la única condición era irme al día siguiente, solo era un favor de persona humana con corazón de oro. Y lo acepté.

Arquitectura brasilia

Era la primera vez que hacia autostop y me quedaba a dormir en casa de la persona que me había recogido. Quizás pensaréis que estoy loca, que como me voy a la casa de un desconocido, pero en ningún momento tuve miedo, ni dudé de aquel chico, ni pensé nada malo… Sentí muy buenas energías y mucha seguridad, confié en mi instinto y fue un encuentro muy maravilloso. Por la noche me llevó a pasear por todo basilia para conocer la ciudad, me presentó a amigos suyos, me invitó a comer en un restaurante oriental, y dormí en una cama cómoda en casa de su acogedora familia. Hasta día de hoy siento agradecimiento eterno por ese día.

Al día siguiente me fui a la estación de autobuses esperando a mi amigo indígena para dirigirnos juntos para la selva, de esta vez si iría en autobús.

Fue un viaje muy largo hacia las periferias de los territorios del parque del Xingú, la vegetación, el clima, todo empezaba a cambiar… El autobús estaba lleno de indigenas de la étnia Xavantes, también había varios ‘fazenderos’, los hombres que trabajan en las haciendas de la zona. Antiguamente esa zona era muy deshabitada, así que el gobierno hizo un programa de incentivar a personas del sur de brasil, “regalandoles” tierras para cultivar, escogieron a las personas más trabajadoras del país para ponerlas a trabajar en las zonas más inhóspitas del país ofreciéndoles tierras muy baratas. No se en que pensaría el gobierno en aquel momento, que gran avance le estaba haciendo al país desforestando hectarias y hectárias de selva para cultivar soja transgénica y otros productos. Y hasta día de hoy todavía continuan problemas en esas tierras, la étnia de los xavantes son los más dañificados, con una gran guerra contra los “fazenderos”.

Llegamos a Canarana, último pueblo antes de llegar a la selva. Un pueblo árido, cálido y sin nada para hacer. Fuimos a casa de la familia de mi amigo indigena, muchas de las étnias de la selva viven en Canarana, algunos trabajan, otros estudian, etc. Cuando llegamos a casa de la familia vivian muchos en la misma casa, había varios niños… Para mi todavía se me hacia extraño todo, ni sabia como había llegado allá, pero estaba feliz de estar ahí. Esa tarde aprovechamos a hacer algunas compras para abastecernos de comida para la selva y fuimos a dormir temprano al día siguiente saldriamos a las 4 de la mañana para llegar a tiempo al poblado Yawalapiti antes de anochecer.

De madrugada se sentía mucho frio…subimos a una camioneta y nos empezamos a adentrar a la selva del Parque del Xingú. Andamos y andamos y el sol empezaba a amanecer, un sol grande y hermoso, de color rojo intenso empezó a asomar por el horizonte. Los rayos empezaron a iluminar el camino y empezamos a ver grandes explanadas hasta el horizonte, durante horas y horas pasamos por campos interminables… El conductor que ya llevaba más de 16 años viviendo en la zona nos contó que antes todo aquello era selva. A mi se me rompió el alma, casi dejé caer una lágrima, cuando dolor en aquel lugar, cuantas etnias debieron ser movilizadas para talar todo aquello, a que precio? La verdad no era algo nuevo lo que me estaban contando, siempre se escucha de como talan y desforestan la selva amazónica, pero una cosa es que te lo cuenten y otra cosa es verlo. Ver aquella realidad tan de cerca, y sentir la inmensidad del vacío de una selva perdida.

Selva y haciendas

Pasaron muchas horas, ya ni recuerdo cuantas hasta que por fin, en medio de la nada llegamos a un rio grande y hermoso con abundante agua. Y sin creerlo en medio de la nada había una pequeña barquita que era de mi amigo indígena. Subimos todas las cosas que llevamos, colocó el motor y comenzamos a dar gas hacia la aldea!

El paisaje era increíble, un rio ancho, con varios caminos y afluentes, con playas de arena blanca, con gran vegetación a los dos… Por el camino se podían ver las aves, algunos cocodrilos… Era como estar en un sueño. El viento por la velocidad no dejaba sentir el calor de la selva pero se notaba que el sol estaba pegando duro…

parque xingú

Pasaron horas y horas rio arriba… cada vez era más tarde, el sol ya estaba empezando a bajar, y parecía que nunca llegáramos…

El viaje se estaba haciendo tan largo que decidí echarme un ratito a descansar… Lo más increíble fue donde desperté!

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